La Risa de Matilda

La hermana de mi amigo Beto solía tener un gusto por las cosas tenebrosas, poco a poco esa afición llegó bastante lejos


Historia ‘La Risa de Matilda’ | Diseño Tinta Negra, Foto de Pexels

Sinopsis

La hermana de mi amigo Beto solía tener un gusto por las cosas tenebrosas, poco a poco esa afición llegó bastante lejos y todos presenciamos una escena escalofriante

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La Risa de Matilda

Recuerdo que, de pequeño, le tenía un pavor a las muñecas de porcelana y todo a raíz de una pijamada que tuve con mi amigo de la infancia Beto.

Desde que íbamos en la primaria solíamos jugar en su casa con los juguetes que le regalaban sus papás a él y a su hermana que es un poco mayor a nosotros, quizá nos lleva unos 8 o 10 años.

Por aquellas épocas estaba muy de moda este tipo de cuestiones sombrías y mágicas entre los adolescentes como ella.

A veces sus amigos también convivían entre ellos en su casa y tanto Beto como yo solíamos escuchar que hablaban de duendes, rituales, la ouija, espíritus y muñecos diabólicos que a nosotros nos aterraba de tan sólo escucharlo.

Ahora suelo pensar que algunas de esas ocasiones hablaban de esos temas en voz alta con la finalidad de espantarnos y los dejáramos en paz.

Una época ella estuvo coleccionando cosas que se veían muy tétricas: Llaveros con dientes que, quiero creer, eran falsos, agujas de muchos tamaños, posters de bandas donde había gente con máscaras escalofriantes (las cuales ahora sé que son de Metal y hardcore), muñecos de trapo raros y, lo más aterrador de todo ello, una muñeca de porcelana cuya mirada sentías que te perseguía a donde quiera que vayas.

Pienso que sus padres debieron tener mucha paciencia con ella pues, aunque el cuarto de Beto y el de ella eran diferentes, quedaba el suyo de paso para entrar al de él, por lo que podíamos ver todo ese tipo de cosas muy extrañas y vaya que provocaba miedo.

Ella tenía acomodada su muñeca de manera intencional para que su mirada diera a la puerta, y por ende, a cualquiera que pasara por enfrente de ella.

Si no recuerdo mal, la tenía acomodada casi al fondo de su habitación y la poca iluminación que le daba le terminaba de dar este tono misterioso y sombrío que hasta incomodaba a sus padres, ya que en diferentes ocasiones escuchamos que le pidieron, al menos, que cambiara a la muñeca de ubicación.

Habían momentos en los que su hermana no estaba en la casa y el cuarto lo dejaba cerrado, pero escuchábamos ruidos provenientes de él, como pasos, alguien hablando, golpes pequeños en las paredes y hasta risas, aquellas que te dejan congelado de sólo escucharlas.

Muñeca de porcelana de perfil | Foto de Pexels

Quizá como niños nos jugaba en contra la imaginación ya que de por sí le teníamos miedo a algunas cosas que ella hacía y ni se diga a la muñeca.

No recuerdo otra cosa que me causara más pavor en aquellas épocas, o si quiera algo que se le acercara, como aquellas tardes donde Beto y yo nos quedábamos solos en su casa y esas risas comenzaban a sonar del cuarto de su hermana.

Hasta que ocurrió ese día…

Un par de veces le comentamos al papá de Beto, pero cuando llegaba a revisar no encontraba nada, y en efecto, tal parecía que las cosas se quedaban como las había dejado su hermana.

Después de unas cuantas veces comenzó a ir más desganado, a veces sólo nos decía que iría en un momento, pero no lo hacía.

Ahora lo entiendo más que en aquel entonces, las primeras ocasiones podría haber creído que alguien entró, pero llegar y no encontrar nada tras repetidas veces se vuelve irritante.

Puede que los ruidos lo hayamos imaginado en algún momento, no lo sé con certeza, al final fue hace muchos años.

Pero estoy convencido de que sí pasó ya que Beto también recuerda esas experiencias.

Hubo un tiempo en el que comenzamos a escuchar que su hermana platicaba con alguien en su cuarto y le respondían, casi con murmullos, igual podría ser ella mismas respondiéndose.

Solíamos escuchar que algo corría a través de la habitación, pero no ella, sino pisadas un poco más… un poco más pequeñas.

Lo más tenebroso era cuando se reía ya que, sin lugar a dudas, podíamos escuchar a ella y a otra persona desde afuera, de eso no nos quedaban dudas.  

Y esa risa no era exactamente normal, era justo como la que sonaba cuando no estaba ella en el cuarto.

Parecía de una mujer, un tanto irritante, como salida desde la nariz, algo aguda y particularmente inquietante.
Esa es la clase de risa que escucharías en una película de terror, como de una bruja o alguien perdiendo el control de su mente.

Algo así, con la diferencia de que aquí sabes que es real, que no se termina cuando le pones pausa.
Debido a los tiempos, hoy descarto que fuera algún video, llamada por teléfono o una cosa por el estilo, ya que en aquel entonces todavía no existían los celulares inteligentes, sólo los de teclas.

Tampoco tenía una computadora de escritorio como para pensar que fuera algo así. Además de que habríamos diferenciado entre una voz saliente del teléfono y una en esa misma habitación, considero yo.

Y entonces llegó esa tarde…

No fue hasta un día que desde su cuarto comenzaron a escucharse gritos, golpes y risas macabras que corrimos con los padres de Beto para advertirles lo que sucedía en el cuarto de su hermana.

Esta vez sí se seguían escuchando todos estos ruidos por lo que los padres rápidamente trataron de abrir la puerta aunque algo desde dentro se los estaba impidiendo.

Gritaban si todo estaba bien, que qué estaba pasando y que les abriera, que no estuviera jugando con este tipo de cosas, pero ella no respondía y las risas sólo se hacían más siniestras.

Como pudo, su papá le dio un par de patadas a la puerta y logró romperla.

Beto y yo estábamos separados de allí por su madre quien nos pedía que nos metiéramos al cuarto de él mientras resolvían lo que pasaba, pero también estaba consternada y le prestaba más atención al padre intentando desesperadamente abrir la puerta.

Muñeca de porcelana acostada | Foto de Pexels

Estaba pensando que, al momento, no existe alguna película de terror que pueda nombrar la cual se le acerque a la imagen que todos vimos una vez que su papá logró abrir.

Y estoy seguro de que se debe porque lo estaba presenciando yo mismo ahí.

Al centro, estaba su hermana tirada, retorciéndose como si se trataran de convulsiones con los ojos completamente en blancos y su cabeza apuntaba hacía la puerta.

Frente a ella se encontraba una ouija con un puntero que no dejaba de girar en la palabra Sí.
Y por si eso no fuera poco, la muñeca estaba parada junto al tablero, viendo igualmente hacía la puerta.

Lo verdaderamente terrorífico es que la risa no dejaba de escucharse, pronto nos dimos cuenta que provenía de la muñeca.

Sus papás rápidamente tomaron a su hermana y se la llevaron a un hospital, pasaron a dejarnos a Beto y a mí en mi casa y nos pidieron de favor que no le contáramos nada a mi familia, que ellos lo harían en cuanto resolvieran la situación, que si preguntaban su hermana había sufrido convulsiones muy fuertes y que por eso se la llevaron de urgencia.

Beto estaba llorando y yo completamente aterrado. En mi casa sólo pudimos conciliar la tranquilidad hasta que mis papás se quedaron con nosotros y supieron cómo consolar a mi amigo.

Tras un par de horas la madre de Beto llegó y nos dijo que su hermana estaba bien, pero que se quedaría en el hospital un par de días para que se quedara en observación de los médicos.

Ya con su madre, mi amigo pudo estar más calmado y pronto nos dejó un momento para platicar con mis padres.

Nunca supe lo que ella les dijo, pero por mi lado jamás me atreví a contarles todo lo que pasó por miedo a que ya no me dejaran juntar con él.

Cuando me preguntaron posteriormente, sólo les dije que encontramos a su hermana retorciéndose en el suelo y que sus padres nos trajeron rápido para la casa.

Cabe mencionar que luego de eso, todas las cosas extrañas que tenía su hermana las tiraron a la basura, incluida la muñeca de porcelana que tenía, la cual, cuenta Beto, hasta la fueron a quemar a una iglesia en compañía de un padre.

Durante un par de semanas no dejaron que yo visitara a Beto y tampoco es como que a mí me dieran ganas de hacerlo.

Más bien, preferían que él viniera a la mía y nos la pasamos aquí toda la tarde.

Bastantes años después su hermana nos contó que había jugando un par de sesiones de la ouija junto con la muñeca por un supuesto ritual que le habían contado en la prepa.

Que era con ella con quién según platicaban y se reía, aunque según ella nunca escuchó la risa y los golpes que alguna vez nosotros sí.

Explicó que ese día se le había ocurrido preguntar el nombre de la muñeca, que si sabía cómo moriría ella y que al responderle fue cuando su memoria se quedó en blanco, que de pronto sólo se despertó en la cama del hospital desorientada.

Según ella, el nombre de la muñeca es Matilda.